Martes por la
tarde, me encontraba en la sala de archivos en el trabajo cuando mi brutal,
teléfono del espacio sonó y vi que la pantalla decía: Edward.
Él había llamado el día anterior
(obviamente tenía mi número ya que compró mi teléfono). Lo programé después de
que llamó, y lo había hecho tarde, diez y media. Ya estaba en la cama leyendo o
intentando leer y tratando de no estar decepcionada de que no hubiera llamado o
alternativamente, enojada de que no lo hubiera hecho. Contesté pensando que no
debería ya que parecía que él jugaba conmigo porque me imaginé que si llamaba
tan tarde era porque, bueno jugaba conmigo.
Pero él no lo hacía. Lo supe
instantáneamente cuando escuché el sonido del club en el fondo tan alto que
apenas podía escucharlo. Y sus primeras palabras fueron una descripción breve
pero concisa del hecho que había tenido, mierda viniendo todo el día y tenía
poco tiempo para hablar en ese momento pero quería conectar conmigo. El factor
gruñón de su voz estaba en los niveles superiores de mi limitada experiencia
así que sabía que esto era frustrante como el hecho de que nuestra conversación
actual tenía que ser corta, apresurada y por su parte, gruñida en voz muy alta.
Ahora era una hora y media
hasta la hora de salida, ni siquiera veinticuatro horas desde su última llamada
que en el Manual del Jugador Imbécil obtuvo penas severas a menos que no fueras
un Jugador Imbécil.
Tomé la llamada, lo puse en mi
oído y dije suavemente:
--Oye.
--Oye, nena—dijo suavemente de
regreso y ese hormigueo golpeó mi espalda y se extendió hacia el norte de
nuevo. Luego se detuvo cuando el preguntó bizarramente--: ¿Quién es Dick?
--¿Perdón?
-- Dick. ¿Quién es él?
--Uhm… -- murmuré, tirada por
una pregunta que no entendía y que por lo tanto no sabía la respuesta.
--Vecino, nena—aclaró.
--Oh—se hizo la luz--, Dick.
--Si. Dick. ¿Quién es él?
De repente me pareció que
nuestra conversación no era solo extraña sino divertida.
No compartí eso. Pregunté:
--¿Cómo conoces a Dick?
--No conozco a Dick pero eso no
es sobre lo que estamos hablando, Estamos hablando sobre como tú lo haces.
--Es mi vecino. Vive al otro
lado del pasillo—le expliqué.
-- ¿Un amigo?
¿De qué
se trata esto?
--Uh… no. Y ahora sé que tú no
conoces a Dick porque si lo hicieras, no preguntarías eso. Ahora, ¿por qué
estas preguntando acerca de Dick?
--Mandé una mierda (cosa) a tu
casa. La última vez con el teléfono, envié a Kathleen. Ella entiende porque va
pero tiene tantas cosas pasando, que a veces no presta atención a la mierda de
afuera. Dijo que el sistema de llamadas fue reactivado y que solo siguió
golpeando los botones del directorio hasta que alguien contestó y aceptó la
entrega. Como estaba ocupada, no prestó mucha atención de quién lo aceptó. El
chico que envié con la mierda hoy, hizo lo mismo pero él es un chico y para
ciertas cosas, los chicos se preocupan más como por ejemplo este chico noto la
cara de Dick cuando recibió esta entrega sabiendo que era para ti. Por suerte,
un tipo llamado Charlie apareció cuando mi chico se estaba familiarizando con
Dick, dijo que era el tipo de mantenimiento, tenía una clave de acceso y
pondría la mierda en tu lugar. Le dijo a Dick que se largará y después de que
Dick se fue, Charlie le dijo a mi chico que si él tenía más cosas para ti que
no debería, bajo ninguna circunstancia, dárselas a Dick. Luego le dio sus datos
de contacto así como una lista de personas en tu edificio en la que él debería
confiar para tomar entregas. Mi chico me reportó esto a mí así que me gustaría
saber acerca de Dick.
Dios,
amaba a Charlie.
Y también me pregunté: ¿Qué mierda me estaba enviando Edward?
Me lo pregunté demasiado,
claramente y lo supe cuando la voz de Edward vino a mí con impaciencia:
--Isabella. Infórmame de Dick
-- Dick es esa carga que cada
chica soltera que vive sola en un ligeramente sórdido complejo de apartamentos
padece. Es el espeluznante, vecino fuera de forma que vive al otro lado del
camino.
--¿Él te hace sentir incomoda?
--Uh…si. Es Dick.
--Entonces es tiempo de que Dick
se mude.
Mi cuerpo se quedó
completamente inmóvil pero de alguna manera me las arreglé para conseguir que
mi boca forzará un:
--¿Qué?
--Es tiempo… que Dick… se mude.
Su voz suave y profunda no era
firme.
Era acero.
--Edward—susurré.
Edward me cortó.
--Voy a enviar a un chico hoy
para que comparta con Dick sus nuevos planes de reubicación. También voy a
llamarte más tarde. ¿Cuándo se va tu último cliente?
Parpadeé repetidamente al alto,
cuadrado mostrador donde hice mi catalogación y no hablé.
--Bella, nena, alguien me
necesita. ¿Cuándo se va tu último cliente?
--Nueve, ella no se siente
habladora—dije con voz entrecortada--. Nueve y media regularmente después de
que ella comparte una copa de vino conmigo.
--Te llamaré después de las
nueve y media. Hasta luego, nena.
Luego se había ido.
Dejé caer mi mano con el
teléfono en el mostrado al que seguía mirando.
Dick tenía planes de
reubicación porque a Edward no le gustaba que viviera al otro lado del pasillo
de alguien espeluznante.
--Mierda—susurré.
--¿Qué?—preguntó Beth, una de
las chicas de recepción, entrando.
La miré y susurre:
--Nada.
Me miró fijamente y luego se
movió hacia mí y me miró más de cerca.
--Por Dios, Bella. ¿Está todo
bien?
Y para que, en la agonía de una
locura temporal comprensible, espeté:
--Tengo un nuevo novio. Es
asombroso. Protector. Y da miedo. Y él regularmente me asusta al ser todos a la
vez.
Su rostro se extendió en una
sonrisa enorme.
--¿Tienes un nuevo novio?
--Un nuevo novio que es
asombroso, protector y que da miedo. Sobre todo lo último una gran parte del
tiempo.
--Genial—dijo como si no me
escuchará o debería decir, ella me escuchó selectivamente.
--Beth, dije que él da miedo—le
recordé.
--Amiga—dijo, moviendo su mano
en el aire--, cuenta tus bendiciones. Cualquier tipo enganchándose a ti tiene
que tener más que su parte justa de miedo. Él no lo hace, el nuevo tipo que da
miedo, asombroso, protector va a robarte nada más, sacarlo de debajo de su
nariz. Así que, mi consejo, monta el asombroso y protector e ignora al que da
miedo. –Sus ojos se estrecharon--. A menos que… ¿él te hace cagarte de miedo?
Decidí dejar de compartir y
empezar a mentir.
--No.
Su sonrisa regresó.
--Muy bien. Dile que tiene que
venir y llevarte a almorzar. Avísame. De esa manera, puedo reunir a todas las
chicas en la recepción para darle una buena nota y cuando vuelvas, entregaremos
nuestro veredicto.
Desafortunadamente, mi boca
decidió empezar a compartir de nuevo por lo que dijo:
--Él es pura cruda, belleza
agresiva masculina de la cabeza a los pies.
Ella parpadeó. Luego sonrió con
esa sonrisa enorme de nuevo.
Yo y mi gran boca.
Beth dejó algunos papeles en mi bandeja con una despedida
de:
--Hasta más tarde, preciosa.
Luego se apresuró a salir para compartir el jugoso bocado de
cotilleo que le ofrecí muy, muy estúpidamente.
Posterior a esto me puse a pensar en lo lindo que sería
vivir sin el constante desasosiego de encontrarse con Dick en algún lugar del
edificio y tener que encontrar una forma educada de salir de su presencia.
Luego me pregunte como el chico de Edward convencería a Dick
de irse.
Entonces decidí no pensar acerca de eso.
Después de que lo hice, me preguntaba acerca de mi misma que
no iba a pensar en eso cuando sabía que debía hacerlo. Y no solo eso, debería
preguntarme acerca de un hombre que podría y haría las cosas que Edward
claramente no tenía ningún problema en hacer.
Entonces alguien más entro y dejó un montón de cosas en mi
bandeja de entrada así que dejé de pensar acerca de todo eso ya que tenía que
ponerme a trabajar.
Después del trabajo, llegué a mi apartamento sin ningún
encuentro con Dick. Esto no pasaba con frecuencia. Ni siquiera regularmente
desde que Dick estaba dedicado a lo que fuera la mierda espeluznante que
hiciera en su apartamento y menos dedicado a asustar a sus vecinos acechando en
los pasillos o asustando a la población general de la ciudad al unirse a sus
números. Pero aun así me consideré con suerte y de nuevo enterré el impulso de
dar vueltas en mi cabeza al hecho de que mi nuevo novio iba a sacarlo de mi
vida. Cómo iba a hacer eso. Como era eso moralmente no aceptable. Y el hecho de
que mi nuevo novio claramente era mi nuevo novio y él ni siquiera me había
besado aún.
Todos estos pensamientos volaron de mi cabeza después de que
cerré las tres (dos nuevas) cerraduras en mi puerta y me dirigí a mi
apartamento en búsqueda de la mierda que Charlie puso aquí de lo que el chico
de Edward le entregó.
Entonces me congelé a medida que llegué a la par de mi sofá
y vi la gran cantidad de bolsas brillantes en él.
Dicho sea, mi sofá era asombroso. Era estampado de flores,
femenino pero era un estampado genial y ya que era la única cosa en la
habitación que estaba florida, funcionaba (aunque el resto era bastante
femenino). Como de costumbre, lo compré en una venta y como tenía un pequeño
rasgón en uno de los cojines, el precio se redujo seriamente. Pero yo solo lo
volteé y, ¡voila! Sofá perfecto.
Y en ese momento, era aún más perfecto cuando vi los nombres
en las bolsas que estaban en mi sofá.
Entonces me empujé hacia el sillón, dejando caer mis llaves
en mi de época, ovalada, blanca e impresionantemente astillada, peculiar mesa
para el café (que sí, era totalmente de niña) que compré por tres dólares en
una venta de jardín y alcancé la primera bolsa.
Saqué un paquete envuelto expertamente en un pañuelo de
papel, cuidadosamente arranqué el pañuelo de papel y saqué un vestido negro, su
fabricación tan lejos del poliéster o cualquier fibra sintética que era…
perfecto.
Se sentía como lo que yo pensaba que el cielo se sentiría.
Cuando lo sostuve vi que parecía lo que un ángel usaría
también, si tuviera su propio diseñador italiano personal, mostrara mucha piel,
vistiera negro y no blanco y tuviera un mega estilo.
Sosteniéndolo contra de mí, lo alisé por mi frente mientras
sentía mi nariz comenzar a picar.
Nunca había visto nada tan exquisito, tocado, sostenido y
desde luego nunca, jamás poseído.
Luego lo puse cuidadosamente por el respaldo del sofá y me
dirigí de nuevo a la bolsa.
Segundo vestido, uno de platino metálico. Sublime.
Tercer vestido, rojo. Perfecto e impresionante.
Después de colocar el vestido rojo en el sillón, fui por la
siguiente bolsa.
Tres pares de calzado. Todas sandalias con tacones altos. Un
par negro. Uno de platino y uno rojo. Los precios en las etiquetas no fueron
arrancados o marcados y el par más barato era de setecientos cincuenta dólares.
Mi corazón que latía con fuerza, empezó a correr.
En la siguiente bolsa, tres hermosos guantes de noche. Uno
de lentejuelas rojas, uno de perlas de negro azabache y otro de satén champán.
La bolsa a continuación, era más pequeña, con un montón de
cajitas. En una de ellas, una colección de pulseras delgadas, todas con
pequeñas cintas rojas. Otra de pendientes en forma de hilos largos mezclando
cintas rojas con largos finos hilos de plata a juego con las pulseras. En la
siguiente había, un collar de cadenas entrelazadas y collares de cuentas de
azabache. Otros pendientes, que coincidían era una explosión de lo mismo. En
otra cajita, una pulsera ancha con un intrincado y pesado broche, complicado,
que era parte del adorno del cual colgaban decenas y decenas de perlas
enredadas color semilla champán. Los últimos pendientes, eran largos y
combinaban con lo anterior, cuando me los coloqué en la orejas estos rozaban
mis hombros.
Y, por último, en la parte inferior de la bolsa del vestido,
una tarjeta tamaño carta con barras negras de Edward, ordenante:
Elige
uno, para el sábado. E
Mi nariz aun picaba, miré desde mi sofá la mesa del centro la cual estaba cubierta
por la cornucopia de los placeres femeninos obsequiados por mi impresionante,
protector y tenebroso nuevo novio que ni siquiera he besado todavía.
Luego, sin ganas, me dirigía
mi cartera que estaba en el suelo, inclinándome, la agarré e igualmente
sin ganas regresé al sofá mientras sacaba el teléfono. Una vez que mis dedos
agarraron mi teléfono exageradamente caro, me deshice de mi barata (pero linda)
cartera dejándola al lado de la cara y nuevo cartera mierda que Edward me había regalado. Entonces incliné mi cabeza y
marqué su número.
Coloqué el teléfono en mi oreja.
La suave y gruesa voz de Edward me dijo al oído:
-Masen, deja un mensaje.
Y el mensaje que dejé fue suave y tembloroso:
-Cariño, ni siquiera me has dado un beso.
Luego, sintiéndome estúpida, asustada, eufórica, desconcertada
y ansiosa no solo porque se sentía tan bien, a veces, aterrador, otras confuso,
pero también ansiosa de que me hubiera dado tanto, no importa lo que era, no
iba a la altura de la promesa que vio en mí, sonó el botón para desconectar y
me quede mirando mi botín.
Después conteniendo el aliento y con cuidado, recogí todo
para ocultarlo en mi habitación pero antes me comí un bocadillo, el anterior
dueño adorno muy bien la casa, ya que vino amueblada, pintada de blanco, con un
comedor peculiar que una amiga me dio cuando fue a vivir con su marido y él
declaró que no se sentaría en ese comedor.
Estaba montando un elefante. Era blanco, su tronco y trompa.
Estaba en mi nuevo vestido rojo, en zapatos, brazaletes y
estaba riendo.
Y en algún lugar mi móvil estaba sonando.
Abrí los ojos y vi oscuridad. Oí el sonido de mi móvil
detenerse y miré parpadeando el despertador.
Eran las 00:13.
Entonces oí que tocaban el timbre en mi sala de estar.
¿Qué demonios?
Aparté hacia abajo el nuevo edredón con su patrón sutil y
suave de flores. En parte somnolienta, definitivamente mareada en mí pijama de
pantalón corto azul y una camiseta rosa fui a la sala de estar.
Encendí la luz del techo, agarré el teléfono de la pared que
está al lado de la puerta y murmure:
--Lo…
--Bella, nena, he estado aquí cinco malditos minutos
llamándote. Tienes que dormir como un tronco.
La respiración se me fue.
--Edward.
Parpadeé. Entonces me sacudí y apreté el botón en la parte
de arriba.
Oí cuando la puerta se abrió a través del receptor y luego
nada.
Coloqué el teléfono en su suporte y me quedé mirándolo.
No había llamado después de mi cliente. No había llamado
entre los clientes. No había llamado para nada, ni siquiera después de haber
dejado un mensaje. Esto fue decepcionante y un poco tenebroso. Pero tenía que
dormir diciéndome a mí misma que mi día había terminado, porque claramente me
demostraba que no solo era un día de diversión.
Y ahora él estaba aquí pasada la medianoche.
Aquí.
Ahora mismo.
Tomando el ascensor (quizás).
Me acaba de despertar, sin maquillaje y estaba en pijama.
¡Oh dios!
El pánico me paralizó al momento que un millón de
pensamientos corrían por mi cabeza. Nada de lo cual me dio tiempo de hacer algo
al respecto, como cambiarme, pasarme el rímel, cepillar mi cabello y/o los
dientes o rociarme con perfume y lo sabía porque alguien tocó la puerta.
Cambié de pie mientras, miraba por la mirilla y observaba la
cabeza de Edward inclinada hacia abajo mirando lo que pensé era el pomo de la
puerta.
Traje, oscuro otra vez, esta vez con una camisa del color
exacto de sus ojos.
Dios, Dios, era hermoso.
Otro golpe. Impaciente.
Salté, abrí el cerrojo, la cerradura del pomo se deslizó y
dejé caer la cadena. Luego puse mi mano en la perilla para girarla, viendo como
mi mano la abría.
Salté hacia atrás cuando la puerta se abrió y surgió a
través de ella, Edward.
Levanté la vista hacia su rostro, al ver su intensidad
instantánea y extrema, susurré:
-Mi amor, est..
No hablé más. Debido a que tenía sus manos acariciando mi
mandíbula firmemente y tirándola hacia arriba hasta que estuve en las puntas de
los dedos de los pies a la vez que su cabeza estaba descendiendo.
Entonces su boca tocó la mía.
Hice un ruido en la parte posterior de mi garganta, levanté
las manos y enrosqué los dedos en la solapa de su chaqueta.
Su lengua chocó contra mis labios.
Mi boca se abrió dejándolo entrar.
Oh, sabía muy bien.
Gemí levantando las fuertes solapas mientras mis piernas se
debilitaban y mi cuerpo se balanceaba hacia él.
Su lengua saqueó mi boca y no había otra palabra para ello.
Eso fue todo, saqueado. Y así hizo esta deliciosa actividad en un beso muy húmedo,
muy duro, muy largo, muy exigente y muy, muy impresionante.
Tanto así, que gemí en su boca, con una mano le quité la
solapa para deslizar mis manos hacia arriba rápidamente, alrededor de la cálida
y elegante piel de su cuello y en el desastre suave, grueso de su cabello.
Apreté mi torso profundamente en el suyo lo mejor que pude, aún se mantenía en
la chaqueta con sus manos en mi mandíbula.
Dándome otro beso, Edward tocó todo mi cuerpo con sus manos.
Mientras me saqueaba la boca con su talentosa
lengua.
Apartó su boca de la mía e hice un maullido de protesta
porque no quería perderlo. Se había convertido en la razón de mí ser. Mi
existencia. Al mismo tiempo, mis dedos se contrajeron en su cabello y lo empuje
aún más en un esfuerzo no verbal para compartir este mensaje.
Sentí su cálido aliento en mis labios, que venía rápido, mis
ojo se abrieron lentamente para mirar los suyos tan oscuros y hambrientos.
--Ahora que te he besado, nena, ¿te sientes mejor?—me preguntó,
su voz áspera y tan… jodidamente… hermosa.
Me entraron ganas de reír, porque era divertido. También era
dulce.
Pero no podía.
Solo pude aguantar y respirar:
-Sí.
Sus ojos oscuros miraban mi rostro, correspondiente a la
intensidad de la humedad entre mis piernas y me preguntó:
--¿Al igual que los vestidos?
--Sí—repetí con voz entrecortada.
--Bien—susurró entonces, todavía en voz baja--. Tengo que
volver, nena.
Parpadeé y mi mano se contrajo en su cabello de nuevo.
--¿Qué?
--El trabajo, Bella. Tengo mierda que hacer. No tengo
tiempo, tengo su confianza, ahora tengo que volver.
No me moví, aguanté y le sostuve la mirada.
Me dejó estar un rato más antes de murmurar:
--Mi nena no quiere que me vaya.
No, no
quiero
Yo no estaba de acuerdo con eso. Dejé que mi cuerpo hablará
por mí y lo hizo al continuar aguantando sin moverse.
--Te lo dije, nena—dijo en voz baja--, cuando hablamos, te
dije que necesitaría tiempo libre para estar contigo y tu dulce mensaje, no
podía esperar, así que no lo hizo. Pero, maldita mierda, ahora, me tengo que
ir.
Se había tomado su tiempo para llegar hasta el final solo
por mí.
Dios.
Dios.
Eso me gustó.
Pero se tenía que ir.
Así que me separé, mis manos se deslizaron fuera de su
cabello mientras le susurraba:
--Está bien, cariño.
Los pulgares de sus manos, todavía en mi mandíbula,
barrieron mis mejillas. Luego se inclinó, deslizando su nariz a lo largo de la
mía entonces se alzaron mientras bajaba la cabeza y me besaba la frente.
Incliné la cara hacia él de nuevo.
--Más tarde, cariño.
--Más tarde, Edward.
Sus dedos le dieron a mi cara un suave apretón luego
soltándome, se fue.
Lo seguí, cerré las cerraduras, apagué la luz, dándole la
espalda a la puerta y me quedé mirando la oscura sala.
Entonces envolví mis brazos alrededor de mi cintura y
sonreí.
Enormemente.