Cuando lo hizo, bebí de mi vino y enloquecí. Luego me tiré
en su cómodo sofá mientras todavía enloquecía y bebía vino. Después puse mi
vino en la mesa de centro cuadrada en frente de mí y traté de concentrarme en
la película.
Luego, por supuesto, me quedé dormida.
Y mientras dormía, Edward llegó a casa y me cubrió con una
suave manta caliente de lana.
--Hace dos semanas,
cuando entraste en mi dormitorio para usar mi teléfono, la vida que habías
estado viviendo de por sí no tan buena se puso aún mejor. Jodidamente mucho
mejor. Porque yo voy a hacerla de esa manera. – Cerré los ojos y suspiré-
Luego retiré la manta, me puse de pie y caminé por la
habitación hasta las ventanas. No había ninguna parte hundida en esta sala,
todo al mismo nivel. Aun así, era impresionante.
Me quedé mirando la vista observando lo que ya había notado
vagamente. En ningún momento, de día o de noche, la vista de Edward era mala. A
la luz del sol, las montañas y su esplendor. A la luz de la luna, las luces de
la ciudad y las montañas sombreadas de púrpura durante la noche.
A medida que mis ojos se desenfocaron, las luces
parpadeantes de la ciudad se hicieron borrosas y me vi reflejada en las
ventanas.
Tenía bien el cabello. Incluso Jessica decía que deseaba
tener mi cabello, y eso que el de ella era increíble. También tenía un montón
de él. Era largo, más allá del tirante de mi sujetador en la parte posterior.
Era brillante, incluso cuando no usaba productos inductores del brillo. Un
profundo y rico castaño brillante.
También tuve suerte en el departamento de la piel. Cuando
era más joven, en torno a esa época del mes, puede que me saliera una mancha o
dos, pero esto se detuvo en mis veinte años. Mi piel también tenía la extraña
habilidad de lucir bien en una forma de rosado pálido cremosos durante el
invierno, pero me bronceaba con relativa facilidad en el verano.
Esto era por lo que mi papá y mi mamá siempre solían verse
en mis ojos, sonreír su dulce sonrisa, y susurrarme en su forma cantarina:
--Cuando los chicos irlandeses sonríen… --Mi papá era irlandés y a pesar que
ninguno de ellos había estado en Irlanda, ambos declaraban con grave autoridad
que los irlandeses tenían los ojos más hermosos del mundo. Y mamá ponía los
ojos de papá y los míos por delante como prueba y lo hacía repetidamente.
No podía verlos muy bien en mi reflejo en la ventana pero
sabía que eran de un gris luminoso con un muy delgado anillo azul medianoche en
el borde del iris. Estaban bien puestos en mi rostro y con mi mamá dándome sus
oscuras y largas pestañas y oscuras y arqueadas cejas, incluso yo tenía que
admitir que mis ojos eran impactantes. Después de todo ser mitad irlandesa e
italiana tiene lo suyo.
Media un metro sesenta. Tenía pechos y trasero y un estómago
ligeramente redondeado que incluso a pesar de que trataba de correr tanto como
pudiera, hacia abdominales y flexiones en pelotas de estabilidad sin mencionar
flexiones y otras cosas, la redondez no se iba. Mi diafragma era delgado, mi
cintura pequeña, tenía brazos decentes, no tan torneados como los de Jessica,
pero no eran flácidos, pero la redondez en mi vientre siempre me molestaba.
Rosalie me decía que funcionaba, que lucía bien en mí, que los hombres lo
buscaban totalmente, especialmente si venía con una cintura pequeña y gran
trasero y pechos. Además me dijo que iba a aprenderlo a medida que pasara el
tiempo y superara el odiarlo.
Pero eso aún no pasaba.
Aparte de eso, mirando mi reflejo, sabiendo de corazón y
ojos mentales, aun así, me veía diferente.
Estaba viendo lo que Edward veía en mí.
La gente era la gente y todos eran diferentes. Había tantos
gustos y opiniones diferentes como gente había. Y no pasaba desapercibido que
había hombres a quienes les gustaban los pechos, el trasero y el cabello mucho,
mucho más de lo que les gustaban las súper delgadas y los cortes.
Y claramente, Edward era uno de esos.
Pero allí estaba mi rostro del que él hablaba y parada allí,
recordé cómo papá solía detener a mamá sin razón para sostener su mejilla y
pasar su pulgar sobre ella mientras sus ojos se movían sobre su rostro. Lo
hacía como si estuviera hipnotizado, como si la estuviera viendo por primera
vez incluso a pesar de que la había tenido por años. Y lo hacía siempre
sonriendo.
Y además recordaba cómo mi tía se emborrachaba en ocasiones
y cómo hablaba y hablaba de la belleza extrema de mi madre.
--Podría haber tenido a cualquiera—había despotricado--, a
cualquiera. Una estrella de cine. Un millonario. Con una mirada. Así de hermosa
era mi hermana.
No me golpeó a pesar de que me hablaba basura a menudo sobre
lo que vestía, mi maquillaje, mi cabello, además me decía muchas veces que me
veía como mi mamá. Así dándole a mamá
ese cumplido significaba que también, incluso a pesar de que no lo entendía, me
lo daba a mí.
Tenía un rostro que levantaba un millar de erecciones. Un
rostro por el que hombres peleaban guerras. Un rostro que un hombre tan
agresivamente masculino y hermoso como, Edward quería poseer.
Miré mi forma borrosa en el vidrio y sonreí una sonrisa
secreta que era solo para mí mientras sentía algo calmado y nutritivo
instalarse profundamente en mí.
Entonces salí de la habitación en busca de Edward.
En el minuto que abrí la puerta, escuché a Billie Holliday,
era súper tranquilo y sabía que era porque quería música pero no quería
molestarme.
Sonreí mi sonrisa secreta otra vez, pero no curvó mis
labios, se curvaron en ese lugar tranquilo y saciado dentro de mí.
Llegué al área de la sala-cocina y vi las luces bajas del
mostrador en la cocina y una luz abovedada suavemente iluminando la sala
hundida. Además había una lámpara de piso alta que no había notado en la
esquina de la ventana sobre el nivel superior que lanzaba un suave brillo en el
espacio.
Edward no estaba a la vista hasta que mi escaneo del área
llegó al balcón exterior y vi su figura sombreada y el brillo de una colilla de
cigarro.
Me moví hacia allí y salí viéndolo girarse.
Tenía botas y un cuello de tortuga negro. Me pregunté si
escondía a Metallica o si Metallica había sido una totalmente casual muestra de
personalidad. Edward era un recuerdo y de alguna forma tenía a un chico
caliente propietario de un club en un caro cuello de tortuga.
--Oye—Llamé mientras me movía a través del balcón hacia
él--. Perdona, me dormí.
--Aquí, nena—dijo de vuelta suavemente incluso mientras iba
hacia allí, pero cuando su brazo salió supe que significaba que me quería allí
como dentro de sus brazos.
Pensé en ello mientras movía los pies.
Entonces lo hice y su brazo se curvó alrededor de mi cintura
y tiró la parte baja de mi cuerpo hacia él.
--¿Terminaste con los negocios?—pregunté, levantando mi
cabeza hacia atrás para mirar su rostro suavemente iluminado en parte por la
luna, por las luces de la ciudad y parcialmente por las luces que venían de su
apartamento.
--Si—respondió y entonces preguntó,
--¿Dormiste la noche anterior?
--No más que un poquito.
--Joder—Murmuró, entonces dio la mitad de la razón--, Jacob.
Él era la otra mitad de la razón, pero no compartiría esto.
No dije nada.
Se movió y aplastó el cigarrillo en el cenicero que
descansaba en el borde de la barandilla.
Entonces volvió a mí, curvando su otro brazo alrededor de mí
de forma que me sostenía flojamente en sus brazos y preguntó:
--¿Qué le pasó?
Esta pregunta era confusa así que pregunté de vuelta.
--¿Quién?
--El tipo que terminó con tus padres.
Tomé un inesperado aliento como si me hubiera golpeado con
un sorpresivo golpe de cuerpo.
O lo había oído o estaba enfocado, porque repitió,
--¿Qué le paso?
--Siguió vivo—susurré.
--¿Sin libertad condicional?
Sacudí mi cabeza. Dos personas asesinadas que no hacían nada
excepto conducir al trabajo. Eran los padres de una niña de siete años y
murieron por un hombre que chocó su auto porque estaba literalmente huyendo de
los policías. Policías que, finalmente, lo capturaron porque era requerido por
dejar a su novia embarazada en un hospital, estaba molesto debido a que
estuviera embarazada. Un problema que resolvió, ya que ella perdió al bebé.
--No. No libertad condicional.
Edward se mantuvo en ello.
--¿Vivió una larga?
Sacudí mi cabeza.
--No lo sé.
-- Si murió en prisión, es como que los policías deberían
habértelo dicho.
--¿Se lo dirían a mi tía?
--Si lo hicieron cuando eras menor de edad, quizás,
esperando que te lo dijera. Ahora, no. Lo harían, te hubieran encontrado.
--Bien, no he oído nada.
Estuvo tranquilo por un momento antes de murmurar:
--Ni un golpe de libertad condicional, nada de informarte.
Sospechaba que era verdad, pero no tenía idea. No pensaba en
él. Nunca.
Y tampoco quería saber.
--¿Por qué me preguntas sobre él?—Pregunté tranquilamente y
sus brazos me dieron un ligero apretón.
--Nada, solo curiosidad, nena. Me callaré sobre eso, ¿sí?
Asentí.
Edward preguntó:
--¿Tienes hambre?
Por alguna razón, reí, entonces expliqué:
--Uh… el almuerzo fue bastante grande.
--Si, nena, pero el almuerzo fue hace casi seis horas y
media antes.
Parpadeé hacia él.
--¿Es tan tarde?
--Uh… si.
Caray.
--Quizás debería ir a casa—murmuré en su garganta y obtuve
otro ligero apretón.
--No, quizás deberías responder mi pregunta de si tienes
hambre.
Pensándolo y sabiendo el tiempo, de repente la tenía…
--Sí, pero si me haces filete explotaré.
Oí su suave y profunda risa. También la sentí. Nunca me
había ocurrido y me gustó mucho. Luego me dijo:
--Estate tranquila, cocina una vez por semana. Tienes esa
suerte. Te llevaré a cenar algo.
Una cita. De hecho, ese día había sido la más larga, rara y
extrañamente comprensiva cita en la historia aunque había aparecido en su casa
para decirle que no quería volver a verlo. Compartimos. Nos tocamos. Tuvimos
momentos de intensidad. Cocinó para mí. Dormí en su casa. Y ahora íbamos a
salir a cenar por primera vez.
Mientras pensaba esto, recibí otro apretón y una orden:
--Chaqueta, Isabella.
No me moví, sino que miré su rostro en sombras.
--¿Puedo conducir tu auto?
--No—negó inmediatamente.
--Soy buena conductora.
--Tu trasero está junto a mí, yo conduzco. Si alguna vez
quieres pedirlo prestado, todo tuyo.
--Edward, solo tuve una experiencia pero creo que realmente
soy mejor conductora que tú.
--Esto lo dudo, cariño, dado que conduzco camionetas, autos,
y autos de carrera. Mi papá era un maldito loco de las carreras, las vivía, las
respiraba, me puso detrás del volante de un auto de carreras cuando tenía ocho
y nunca miró hacia atrás.
Esto explicaba el comentario de – conduzco desde los
doce—aunque había medio mentido, dado que yo creía que los autos de carrera
contaban, así que era en realidad desde los ocho.
No le comenté esto. En cambio señalé:
--Esas personas de las carreras tienen accidentes todo el
tiempo.
--¿Cuándo fue la última vez que oíste que un conductor
tuviera uno en la calle?
Él, desafortunadamente, tenía un punto.
Decidí no decírselo y lo concedí con el silencio.
Aceptó y luego declaró:
--Yo conduzco. Tú vienes. No es una regla, es una ley.
¿Entiendes?
--¿Y si tienes un horrible accidente y te rompes la mano y
el tobillo?—pregunté para ser más específica.
--Si esa mierda ocurre, espero por Dios que seas lo
suficientemente lista para tomar el teléfono y llamar una ambulancia en lugar
de arrastrarme al auto, lo que sería una agonía, lanzarme en él y llevarme al
hospital.
Otro punto válido.
De nuevo lo concedí en silencio.
El cuerpo de Edward comenzó a sacudirse igual que su voz al
preguntar:
--¿Hemos acabado con esta conversación malditamente estúpida?
--Supongo—murmuré, aun deseando conducir el auto.
Recibí otro ligero apretón y me miró sonriente.
--Cuando quieras, cariño, puedes llevar mi auto de paseo.
Solo dilo. Lo arreglaré. Solo no iré contigo.
--¿Por qué?—pregunté.
--Porque soy un hombre—respondió.
--¿Y?
--Lo aclararé—se ofreció--. Soy un hombre que no permite que
su mujer ni ninguna otra mujer conduzcan cuando mi trasero está en el auto.
--Eso linda con la locura del macho, Edward—le informé.
--Sí. —No estaba para nada ofendido--. Acostúmbrate a eso,
cariño.
Entonces se me ocurrió que estaba señalando lo obvio.
Así que lo concedí, no con silencio sino al decir:
--Ahora tengo aún más hambre.
Su cuerpo tembló aún más contra el mío, me gustó y repitió:
--Entonces, chaqueta nena.
--Claro—susurré, me aleje y me moví por el departamento
buscando mi chaqueta y mi bolso.
Nos encontramos donde me esperaba en los tres escalones de
entrada.
Luego tomó mi mano.
Luego me llevó al auto.
Luego condujo como el ex corredor que solía ser y me llevó a
cenar.
Yacía en la cama, sintiendo mis nuevas suaves sábanas,
pensando que las de satén de Edward probablemente fueran más suaves, mirando el
techo y pensando que Edward Masen me había reclamado, sin duda, pero aún tenía
que besarme.
La cena no fue bien, fue genial. Me llevó a Wynkoop y de
repente, de alguna manera, después del día, de la siesta, de que yo
comprendiera, y de nuestro tranquilo parloteo, estaba a gusto. Edward siempre
parecía a gusto incluso molesto o aburrido. Era solo Edward. Y me acostumbré a
eso.
Me contó de su papá loco por las carreras. Me contó de su
mamá viuda de las carreras. Me contó que ambos seguían vivos y estaban en
Hawaii. Me contó que tenía razón, el club era popular porque cerraba un mes
cada año después de llamar a diseñadores para que ofrecieran sus ideas de un
maldito nuevo estilo, elegía uno y lo utilizaba. Me dijo que su negocio de ese
día tenía que ver con un negocio paralelo que se vinculaba levemente con el
club (aunque no lo explicó del todo). Me dijo que Jacob siempre había sido una
maldita molestia pesada como ninguna, pero también, obviamente, siempre fue su
hermana. Por lo que Edward se acostumbró y cubría mucho de ello para que sus
padres no se enteraran de todas las estupideces de Jacob que pudieran
afectarlos.
Le conté de Rosalie y Jessica. Compartí detalles específicos
de mi horario. Dudosa y tímidamente le conté sobre mi meta de abrir un spa
mientras me miraba de forma extrañamente intensa en lugar de con su interés
habitual. Le conté que mi siguiente gran compra sería una linda mesa donde
hacer mis faciales. Y compartí que Wynkoop y su cerveza están entre mis cinco
favoritos tanto en restaurante como en cerveza.
Esta fue una charla tranquila con varias sonrisas, unas
risas profundas (Edward), algunas risillas suaves (yo). Dado que nos sentamos
del mismo lado de la mesa, más de una vez, cuando mi suéter caía revelando mi
hombro, el dedo de Edward se levantaba para acariciar levemente mi piel. En
esos momentos me felicitaba por mi clarividencia no notada cuando decidí que lo
mejor sería usar un suéter. Lo hice después de que me dejara de tocar y antes
de volver a acomodarme la ropa. Y lo acomodaba porque sabía que volvería a
caerse, llamando la atención de Edward (porque nunca lo dejó pasar, ni una vez)
y volvería a tocarme.
Era un juego, ambos lo sabíamos pero era debatible a quién
le gustaba más.
Luego me llevó de regreso a su casa, estacionó junto a mi
Corolla que estaba en el segundo lugar de estacionamiento y me informó que el
control que manejaba el portón estaba en mi visor. Luego me dio mis llaves que
tomó de Spinolli cuando dormía.
Luego una de sus manos se posó en mi mandíbula, su rostro se
acercó y dejé de respirar porque creí que iba a besarme y de verdad realmente
quería que lo hiciera.
En cambio, deslizó su nariz sobre la mía en esa forma dulce
en que ya lo había hecho, manteniendo mi mirada fija en la cálida intensidad de
la suya todo el tiempo. Pero luego, para mi enorme decepción que fue tan
extrema que casi grito levantó la cabeza dos centímetros.
Luego susurró:
--Te llamo pronto nena, nos vemos el sábado.
Luego dejó caer la mano y se alejó.
Sin otra opción que arrojarme a él, lo que no iba a hacer,
solo sonreí, me subí a mi auto, y me fui.
Se quedó de pie con los brazos cruzados, la cadera apoyada
en la puerta de su auto mirándome. Lo sabía porque lo observé por el retrovisor
hasta que tuve que doblar.
Ahora estaba en la cama preguntándome porque no me besó y
deseando haberme arrojado a él.
Y también pensando que faltaba mucho, mucho para el sábado.
No hay comentarios:
Publicar un comentario