viernes, 16 de agosto de 2013

TODO UN CABALLERO [Capítulo 7: Cornucopia de placeres femeninos]

CAPÍTULO 7: CORNUCOPIA DE PLACERES FEMENINOS


     Martes por la tarde, me encontraba en la sala de archivos en el trabajo cuando mi brutal, teléfono del espacio sonó y vi que la pantalla decía: Edward.
    Él había llamado el día anterior (obviamente tenía mi número ya que compró mi teléfono). Lo programé después de que llamó, y lo había hecho tarde, diez y media. Ya estaba en la cama leyendo o intentando leer y tratando de no estar decepcionada de que no hubiera llamado o alternativamente, enojada de que no lo hubiera hecho. Contesté pensando que no debería ya que parecía que él jugaba conmigo porque me imaginé que si llamaba tan tarde era porque, bueno jugaba conmigo.
Pero él no lo hacía. Lo supe instantáneamente cuando escuché el sonido del club en el fondo tan alto que apenas podía escucharlo. Y sus primeras palabras fueron una descripción breve pero concisa del hecho que había tenido, mierda viniendo todo el día y tenía poco tiempo para hablar en ese momento pero quería conectar conmigo. El factor gruñón de su voz estaba en los niveles superiores de mi limitada experiencia así que sabía que esto era frustrante como el hecho de que nuestra conversación actual tenía que ser corta, apresurada y por su parte, gruñida en voz muy alta.
Ahora era una hora y media hasta la hora de salida, ni siquiera veinticuatro horas desde su última llamada que en el Manual del Jugador Imbécil obtuvo penas severas a menos que no fueras un Jugador Imbécil.
Tomé la llamada, lo puse en mi oído y dije suavemente:
--Oye.
--Oye, nena—dijo suavemente de regreso y ese hormigueo golpeó mi espalda y se extendió hacia el norte de nuevo. Luego se detuvo cuando el preguntó bizarramente--: ¿Quién es Dick?
--¿Perdón?
-- Dick. ¿Quién es él?
--Uhm… -- murmuré, tirada por una pregunta que no entendía y que por lo tanto no sabía la respuesta.
--Vecino, nena—aclaró.
--Oh—se hizo la luz--, Dick.
--Si. Dick. ¿Quién es él?
De repente me pareció que nuestra conversación no era solo extraña sino divertida.
No compartí eso. Pregunté:
--¿Cómo conoces a Dick?
--No conozco a Dick pero eso no es sobre lo que estamos hablando, Estamos hablando sobre como tú lo haces.
--Es mi vecino. Vive al otro lado del pasillo—le expliqué.
-- ¿Un amigo?
¿De qué se trata esto?
--Uh… no. Y ahora sé que tú no conoces a Dick porque si lo hicieras, no preguntarías eso. Ahora, ¿por qué estas preguntando acerca de Dick?
--Mandé una mierda (cosa) a tu casa. La última vez con el teléfono, envié a Kathleen. Ella entiende porque va pero tiene tantas cosas pasando, que a veces no presta atención a la mierda de afuera. Dijo que el sistema de llamadas fue reactivado y que solo siguió golpeando los botones del directorio hasta que alguien contestó y aceptó la entrega. Como estaba ocupada, no prestó mucha atención de quién lo aceptó. El chico que envié con la mierda hoy, hizo lo mismo pero él es un chico y para ciertas cosas, los chicos se preocupan más como por ejemplo este chico noto la cara de Dick cuando recibió esta entrega sabiendo que era para ti. Por suerte, un tipo llamado Charlie apareció cuando mi chico se estaba familiarizando con Dick, dijo que era el tipo de mantenimiento, tenía una clave de acceso y pondría la mierda en tu lugar. Le dijo a Dick que se largará y después de que Dick se fue, Charlie le dijo a mi chico que si él tenía más cosas para ti que no debería, bajo ninguna circunstancia, dárselas a Dick. Luego le dio sus datos de contacto así como una lista de personas en tu edificio en la que él debería confiar para tomar entregas. Mi chico me reportó esto a mí así que me gustaría saber acerca de Dick.
Dios, amaba a Charlie.
Y también me pregunté: ¿Qué mierda me estaba enviando Edward?
Me lo pregunté demasiado, claramente y lo supe cuando la voz de Edward vino a mí con impaciencia:
--Isabella. Infórmame de Dick
-- Dick es esa carga que cada chica soltera que vive sola en un ligeramente sórdido complejo de apartamentos padece. Es el espeluznante, vecino fuera de forma que vive al otro lado del camino.
--¿Él te hace sentir incomoda?
--Uh…si. Es Dick.
--Entonces es tiempo de que Dick se mude.
Mi cuerpo se quedó completamente inmóvil pero de alguna manera me las arreglé para conseguir que mi boca forzará un:
--¿Qué?
--Es tiempo… que Dick… se mude.
Su voz suave y profunda no era firme.
Era acero.
--Edward—susurré.
Edward me cortó.
--Voy a enviar a un chico hoy para que comparta con Dick sus nuevos planes de reubicación. También voy a llamarte más tarde. ¿Cuándo se va tu último cliente?
Parpadeé repetidamente al alto, cuadrado mostrador donde hice mi catalogación y no hablé.
--Bella, nena, alguien me necesita. ¿Cuándo se va tu último cliente?
--Nueve, ella no se siente habladora—dije con voz entrecortada--. Nueve y media regularmente después de que ella comparte una copa de vino conmigo.
--Te llamaré después de las nueve y media. Hasta luego, nena.
Luego se había ido.
Dejé caer mi mano con el teléfono en el mostrado al que seguía mirando.
Dick tenía planes de reubicación porque a Edward no le gustaba que viviera al otro lado del pasillo de alguien espeluznante.
--Mierda—susurré.
--¿Qué?—preguntó Beth, una de las chicas de recepción, entrando.
La miré y susurre:
--Nada.
Me miró fijamente y luego se movió hacia mí y me miró más de cerca.
--Por Dios, Bella. ¿Está todo bien?
Y para que, en la agonía de una locura temporal comprensible, espeté:
--Tengo un nuevo novio. Es asombroso. Protector. Y da miedo. Y él regularmente me asusta al ser todos a la vez.
Su rostro se extendió en una sonrisa enorme.
--¿Tienes un nuevo novio?
--Un nuevo novio que es asombroso, protector y que da miedo. Sobre todo lo último una gran parte del tiempo.
--Genial—dijo como si no me escuchará o debería decir, ella me escuchó selectivamente.
--Beth, dije que él da miedo—le recordé.
--Amiga—dijo, moviendo su mano en el aire--, cuenta tus bendiciones. Cualquier tipo enganchándose a ti tiene que tener más que su parte justa de miedo. Él no lo hace, el nuevo tipo que da miedo, asombroso, protector va a robarte nada más, sacarlo de debajo de su nariz. Así que, mi consejo, monta el asombroso y protector e ignora al que da miedo. –Sus ojos se estrecharon--. A menos que… ¿él te hace cagarte de miedo?
Decidí dejar de compartir y empezar a mentir.
--No.
Su sonrisa regresó.
--Muy bien. Dile que tiene que venir y llevarte a almorzar. Avísame. De esa manera, puedo reunir a todas las chicas en la recepción para darle una buena nota y cuando vuelvas, entregaremos nuestro veredicto.
Desafortunadamente, mi boca decidió empezar a compartir de nuevo por lo que dijo:
--Él es pura cruda, belleza agresiva masculina de la cabeza a los pies.
Ella parpadeó. Luego sonrió con esa sonrisa enorme de nuevo.
Yo y mi gran boca.
Beth dejó algunos papeles en mi bandeja con una despedida de:
--Hasta más tarde, preciosa.
Luego se apresuró a salir para compartir el jugoso bocado de cotilleo que le ofrecí muy, muy estúpidamente.
Posterior a esto me puse a pensar en lo lindo que sería vivir sin el constante desasosiego de encontrarse con Dick en algún lugar del edificio y tener que encontrar una forma educada de salir de su presencia.
Luego me pregunte como el chico de Edward convencería a Dick de irse.
Entonces decidí no pensar acerca de eso.
Después de que lo hice, me preguntaba acerca de mi misma que no iba a pensar en eso cuando sabía que debía hacerlo. Y no solo eso, debería preguntarme acerca de un hombre que podría y haría las cosas que Edward claramente no tenía ningún problema en hacer.
Entonces alguien más entro y dejó un montón de cosas en mi bandeja de entrada así que dejé de pensar acerca de todo eso ya que tenía que ponerme a trabajar.
Después del trabajo, llegué a mi apartamento sin ningún encuentro con Dick. Esto no pasaba con frecuencia. Ni siquiera regularmente desde que Dick estaba dedicado a lo que fuera la mierda espeluznante que hiciera en su apartamento y menos dedicado a asustar a sus vecinos acechando en los pasillos o asustando a la población general de la ciudad al unirse a sus números. Pero aun así me consideré con suerte y de nuevo enterré el impulso de dar vueltas en mi cabeza al hecho de que mi nuevo novio iba a sacarlo de mi vida. Cómo iba a hacer eso. Como era eso moralmente no aceptable. Y el hecho de que mi nuevo novio claramente era mi nuevo novio y él ni siquiera me había besado aún.
Todos estos pensamientos volaron de mi cabeza después de que cerré las tres (dos nuevas) cerraduras en mi puerta y me dirigí a mi apartamento en búsqueda de la mierda que Charlie puso aquí de lo que el chico de Edward le entregó.
Entonces me congelé a medida que llegué a la par de mi sofá y vi la gran cantidad de bolsas brillantes en él.
Dicho sea, mi sofá era asombroso. Era estampado de flores, femenino pero era un estampado genial y ya que era la única cosa en la habitación que estaba florida, funcionaba (aunque el resto era bastante femenino). Como de costumbre, lo compré en una venta y como tenía un pequeño rasgón en uno de los cojines, el precio se redujo seriamente. Pero yo solo lo volteé y, ¡voila! Sofá perfecto.
Y en ese momento, era aún más perfecto cuando vi los nombres en las bolsas que estaban en mi sofá.
Entonces me empujé hacia el sillón, dejando caer mis llaves en mi de época, ovalada, blanca e impresionantemente astillada, peculiar mesa para el café (que sí, era totalmente de niña) que compré por tres dólares en una venta de jardín y alcancé la primera bolsa.
Saqué un paquete envuelto expertamente en un pañuelo de papel, cuidadosamente arranqué el pañuelo de papel y saqué un vestido negro, su fabricación tan lejos del poliéster o cualquier fibra sintética que era… perfecto.
Se sentía como lo que yo pensaba que el cielo se sentiría.
Cuando lo sostuve vi que parecía lo que un ángel usaría también, si tuviera su propio diseñador italiano personal, mostrara mucha piel, vistiera negro y no blanco y tuviera un mega estilo.
Sosteniéndolo contra de mí, lo alisé por mi frente mientras sentía mi nariz comenzar a picar.
Nunca había visto nada tan exquisito, tocado, sostenido y desde luego nunca, jamás poseído.
Luego lo puse cuidadosamente por el respaldo del sofá y me dirigí de nuevo a la bolsa.
Segundo vestido, uno de platino metálico. Sublime.
Tercer vestido, rojo. Perfecto e impresionante.
Después de colocar el vestido rojo en el sillón, fui por la siguiente bolsa.
Tres pares de calzado. Todas sandalias con tacones altos. Un par negro. Uno de platino y uno rojo. Los precios en las etiquetas no fueron arrancados o marcados y el par más barato era de setecientos cincuenta dólares.
Mi corazón que latía con fuerza, empezó a correr.
En la siguiente bolsa, tres hermosos guantes de noche. Uno de lentejuelas rojas, uno de perlas de negro azabache y otro de satén champán.
La bolsa a continuación, era más pequeña, con un montón de cajitas. En una de ellas, una colección de pulseras delgadas, todas con pequeñas cintas rojas. Otra de pendientes en forma de hilos largos mezclando cintas rojas con largos finos hilos de plata a juego con las pulseras. En la siguiente había, un collar de cadenas entrelazadas y collares de cuentas de azabache. Otros pendientes, que coincidían era una explosión de lo mismo. En otra cajita, una pulsera ancha con un intrincado y pesado broche, complicado, que era parte del adorno del cual colgaban decenas y decenas de perlas enredadas color semilla champán. Los últimos pendientes, eran largos y combinaban con lo anterior, cuando me los coloqué en la orejas estos rozaban mis hombros.
Y, por último, en la parte inferior de la bolsa del vestido, una tarjeta tamaño carta con barras negras de Edward, ordenante:
Elige uno, para el sábado. E
Mi nariz aun picaba, miré desde mi sofá  la mesa del centro la cual estaba cubierta por la cornucopia de los placeres femeninos obsequiados por mi impresionante, protector y tenebroso nuevo novio que ni siquiera he besado todavía.
Luego, sin ganas, me dirigía  mi cartera que estaba en el suelo, inclinándome, la agarré e igualmente sin ganas regresé al sofá mientras sacaba el teléfono. Una vez que mis dedos agarraron mi teléfono exageradamente caro, me deshice de mi barata (pero linda) cartera dejándola al lado de la cara y nuevo cartera mierda que Edward me había regalado. Entonces incliné mi cabeza y marqué su número.
Coloqué el teléfono en mi oreja.
La suave y gruesa voz de Edward me dijo al oído:
-Masen, deja un mensaje.
Y el mensaje que dejé fue suave y tembloroso:
-Cariño, ni siquiera me has dado un beso.
Luego, sintiéndome estúpida, asustada, eufórica, desconcertada y ansiosa no solo porque se sentía tan bien, a veces, aterrador, otras confuso, pero también ansiosa de que me hubiera dado tanto, no importa lo que era, no iba a la altura de la promesa que vio en mí, sonó el botón para desconectar y me quede mirando mi botín.
Después conteniendo el aliento y con cuidado, recogí todo para ocultarlo en mi habitación pero antes me comí un bocadillo, el anterior dueño adorno muy bien la casa, ya que vino amueblada, pintada de blanco, con un comedor peculiar que una amiga me dio cuando fue a vivir con su marido y él declaró que no se sentaría en ese comedor.

Estaba montando un elefante. Era  blanco, su tronco y trompa.
Estaba en mi nuevo vestido rojo, en zapatos, brazaletes y estaba riendo.
Y en algún lugar mi móvil estaba sonando.
Abrí los ojos y vi oscuridad. Oí el sonido de mi móvil detenerse y miré parpadeando el despertador.
Eran las 00:13.
Entonces oí que tocaban el timbre en mi sala de estar.
¿Qué demonios?
Aparté hacia abajo el nuevo edredón con su patrón sutil y suave de flores. En parte somnolienta, definitivamente mareada en mí pijama de pantalón corto azul y una camiseta rosa fui a la sala de estar.
Encendí la luz del techo, agarré el teléfono de la pared que está al lado de la puerta y murmure:
--Lo…
--Bella, nena, he estado aquí cinco malditos minutos llamándote. Tienes que dormir como un tronco.
La respiración se me fue.
--Edward.
Parpadeé. Entonces me sacudí y apreté el botón en la parte de arriba.
Oí cuando la puerta se abrió a través del receptor y luego nada.
Coloqué el teléfono en su suporte y me quedé mirándolo.
No había llamado después de mi cliente. No había llamado entre los clientes. No había llamado para nada, ni siquiera después de haber dejado un mensaje. Esto fue decepcionante y un poco tenebroso. Pero tenía que dormir diciéndome a mí misma que mi día había terminado, porque claramente me demostraba que no solo era un día de diversión.
Y ahora él estaba aquí pasada la medianoche.
Aquí.
Ahora mismo.
Tomando el ascensor (quizás).
Me acaba de despertar, sin maquillaje y estaba en pijama.
¡Oh dios!
El pánico me paralizó al momento que un millón de pensamientos corrían por mi cabeza. Nada de lo cual me dio tiempo de hacer algo al respecto, como cambiarme, pasarme el rímel, cepillar mi cabello y/o los dientes o rociarme con perfume y lo sabía porque alguien tocó la puerta.
Cambié de pie mientras, miraba por la mirilla y observaba la cabeza de Edward inclinada hacia abajo mirando lo que pensé era el pomo de la puerta.
Traje, oscuro otra vez, esta vez con una camisa del color exacto de sus ojos.
Dios, Dios, era hermoso.
Otro golpe. Impaciente.
Salté, abrí el cerrojo, la cerradura del pomo se deslizó y dejé caer la cadena. Luego puse mi mano en la perilla para girarla, viendo como mi mano la abría.
Salté hacia atrás cuando la puerta se abrió y surgió a través de ella, Edward.
Levanté la vista hacia su rostro, al ver su intensidad instantánea y extrema, susurré:
-Mi amor, est..
No hablé más. Debido a que tenía sus manos acariciando mi mandíbula firmemente y tirándola hacia arriba hasta que estuve en las puntas de los dedos de los pies a la vez que su cabeza estaba descendiendo.
Entonces su boca tocó la mía.
Hice un ruido en la parte posterior de mi garganta, levanté las manos y enrosqué los dedos en la solapa de su chaqueta.
Su lengua chocó contra mis labios.
Mi boca se abrió dejándolo entrar.
Oh, sabía muy bien.
Gemí levantando las fuertes solapas mientras mis piernas se debilitaban y mi cuerpo se balanceaba hacia él.
Su lengua saqueó mi boca y no había otra palabra para ello. Eso fue todo, saqueado. Y así hizo esta deliciosa actividad en un beso muy húmedo, muy duro, muy largo, muy exigente y muy, muy impresionante.
Tanto así, que gemí en su boca, con una mano le quité la solapa para deslizar mis manos hacia arriba rápidamente, alrededor de la cálida y elegante piel de su cuello y en el desastre suave, grueso de su cabello. Apreté mi torso profundamente en el suyo lo mejor que pude, aún se mantenía en la chaqueta con sus manos en mi mandíbula.
Dándome otro beso, Edward tocó todo mi cuerpo con sus manos. Mientras me saqueaba la boca con  su talentosa lengua.
Apartó su boca de la mía e hice un maullido de protesta porque no quería perderlo. Se había convertido en la razón de mí ser. Mi existencia. Al mismo tiempo, mis dedos se contrajeron en su cabello y lo empuje aún más en un esfuerzo no verbal para compartir este mensaje.
Sentí su cálido aliento en mis labios, que venía rápido, mis ojo se abrieron lentamente para mirar los suyos tan oscuros y hambrientos.
--Ahora que te he besado, nena, ¿te sientes mejor?—me preguntó, su voz áspera y tan… jodidamente… hermosa.
Me entraron ganas de reír, porque era divertido. También era dulce.
Pero no podía.
Solo pude aguantar y respirar:
-Sí.
Sus ojos oscuros miraban mi rostro, correspondiente a la intensidad de la humedad entre mis piernas y me preguntó:
--¿Al igual que los vestidos?
--Sí—repetí con voz entrecortada.
--Bien—susurró entonces, todavía en voz baja--. Tengo que volver, nena.
Parpadeé y mi mano se contrajo en su cabello de nuevo.
--¿Qué?
--El trabajo, Bella. Tengo mierda que hacer. No tengo tiempo, tengo su confianza, ahora tengo que volver.
No me moví, aguanté y le sostuve la mirada.
Me dejó estar un rato más antes de murmurar:
--Mi nena no quiere que me vaya.
No, no quiero
Yo no estaba de acuerdo con eso. Dejé que mi cuerpo hablará por mí y lo hizo al continuar aguantando sin moverse.
--Te lo dije, nena—dijo en voz baja--, cuando hablamos, te dije que necesitaría tiempo libre para estar contigo y tu dulce mensaje, no podía esperar, así que no lo hizo. Pero, maldita mierda, ahora, me tengo que ir.
Se había tomado su tiempo para llegar hasta el final solo por mí.
Dios.
Dios.
Eso me gustó.
Pero se tenía que ir.
Así que me separé, mis manos se deslizaron fuera de su cabello mientras le susurraba:
--Está bien, cariño.
Los pulgares de sus manos, todavía en mi mandíbula, barrieron mis mejillas. Luego se inclinó, deslizando su nariz a lo largo de la mía entonces se alzaron mientras bajaba la cabeza y me besaba la frente.
Incliné la cara hacia él de nuevo.
--Más tarde, cariño.
--Más tarde, Edward.
Sus dedos le dieron a mi cara un suave apretón luego soltándome, se fue.
Lo seguí, cerré las cerraduras, apagué la luz, dándole la espalda a la puerta y me quedé mirando la oscura sala.
Entonces envolví mis brazos alrededor de mi cintura y sonreí.

Enormemente.

jueves, 15 de agosto de 2013

TODO UN CABALLERO [Capítulo 6: Algo calmado y sustentado part 2]

CAPÍTULO 6: ALGO CALMADO Y SUSTENTADO PART 2


Cuando lo hizo, bebí de mi vino y enloquecí. Luego me tiré en su cómodo sofá mientras todavía enloquecía y bebía vino. Después puse mi vino en la mesa de centro cuadrada en frente de mí y traté de concentrarme en la película.
Luego, por supuesto, me quedé dormida.
Y mientras dormía, Edward llegó a casa y me cubrió con una suave manta caliente de lana.
--Hace dos semanas, cuando entraste en mi dormitorio para usar mi teléfono, la vida que habías estado viviendo de por sí no tan buena se puso aún mejor. Jodidamente mucho mejor. Porque yo voy a hacerla de esa manera. – Cerré los ojos y suspiré-
Luego retiré la manta, me puse de pie y caminé por la habitación hasta las ventanas. No había ninguna parte hundida en esta sala, todo al mismo nivel. Aun así, era impresionante.
Me quedé mirando la vista observando lo que ya había notado vagamente. En ningún momento, de día o de noche, la vista de Edward era mala. A la luz del sol, las montañas y su esplendor. A la luz de la luna, las luces de la ciudad y las montañas sombreadas de púrpura durante la noche.
A medida que mis ojos se desenfocaron, las luces parpadeantes de la ciudad se hicieron borrosas y me vi reflejada en las ventanas.
Tenía bien el cabello. Incluso Jessica decía que deseaba tener mi cabello, y eso que el de ella era increíble. También tenía un montón de él. Era largo, más allá del tirante de mi sujetador en la parte posterior. Era brillante, incluso cuando no usaba productos inductores del brillo. Un profundo y rico castaño brillante.
También tuve suerte en el departamento de la piel. Cuando era más joven, en torno a esa época del mes, puede que me saliera una mancha o dos, pero esto se detuvo en mis veinte años. Mi piel también tenía la extraña habilidad de lucir bien en una forma de rosado pálido cremosos durante el invierno, pero me bronceaba con relativa facilidad en el verano.
Esto era por lo que mi papá y mi mamá siempre solían verse en mis ojos, sonreír su dulce sonrisa, y susurrarme en su forma cantarina: --Cuando los chicos irlandeses sonríen… --Mi papá era irlandés y a pesar que ninguno de ellos había estado en Irlanda, ambos declaraban con grave autoridad que los irlandeses tenían los ojos más hermosos del mundo. Y mamá ponía los ojos de papá y los míos por delante como prueba y lo hacía repetidamente.
No podía verlos muy bien en mi reflejo en la ventana pero sabía que eran de un gris luminoso con un muy delgado anillo azul medianoche en el borde del iris. Estaban bien puestos en mi rostro y con mi mamá dándome sus oscuras y largas pestañas y oscuras y arqueadas cejas, incluso yo tenía que admitir que mis ojos eran impactantes. Después de todo ser mitad irlandesa e italiana tiene lo suyo.
Media un metro sesenta. Tenía pechos y trasero y un estómago ligeramente redondeado que incluso a pesar de que trataba de correr tanto como pudiera, hacia abdominales y flexiones en pelotas de estabilidad sin mencionar flexiones y otras cosas, la redondez no se iba. Mi diafragma era delgado, mi cintura pequeña, tenía brazos decentes, no tan torneados como los de Jessica, pero no eran flácidos, pero la redondez en mi vientre siempre me molestaba. Rosalie me decía que funcionaba, que lucía bien en mí, que los hombres lo buscaban totalmente, especialmente si venía con una cintura pequeña y gran trasero y pechos. Además me dijo que iba a aprenderlo a medida que pasara el tiempo y superara el odiarlo.
Pero eso aún no pasaba.
Aparte de eso, mirando mi reflejo, sabiendo de corazón y ojos mentales, aun así, me veía diferente.
Estaba viendo lo que Edward veía en mí.
La gente era la gente y todos eran diferentes. Había tantos gustos y opiniones diferentes como gente había. Y no pasaba desapercibido que había hombres a quienes les gustaban los pechos, el trasero y el cabello mucho, mucho más de lo que les gustaban las súper delgadas y los cortes.
Y claramente, Edward era uno de esos.
Pero allí estaba mi rostro del que él hablaba y parada allí, recordé cómo papá solía detener a mamá sin razón para sostener su mejilla y pasar su pulgar sobre ella mientras sus ojos se movían sobre su rostro. Lo hacía como si estuviera hipnotizado, como si la estuviera viendo por primera vez incluso a pesar de que la había tenido por años. Y lo hacía siempre sonriendo.
Y además recordaba cómo mi tía se emborrachaba en ocasiones y cómo hablaba y hablaba de la belleza extrema de mi madre.
--Podría haber tenido a cualquiera—había despotricado--, a cualquiera. Una estrella de cine. Un millonario. Con una mirada. Así de hermosa era mi hermana.
No me golpeó a pesar de que me hablaba basura a menudo sobre lo que vestía, mi maquillaje, mi cabello, además me decía muchas veces que me veía como  mi mamá. Así dándole a mamá ese cumplido significaba que también, incluso a pesar de que no lo entendía, me lo daba a mí.
Tenía un rostro que levantaba un millar de erecciones. Un rostro por el que hombres peleaban guerras. Un rostro que un hombre tan agresivamente masculino y hermoso como, Edward quería poseer.
Miré mi forma borrosa en el vidrio y sonreí una sonrisa secreta que era solo para mí mientras sentía algo calmado y nutritivo instalarse profundamente en mí.
Entonces salí de la habitación en busca de Edward.
En el minuto que abrí la puerta, escuché a Billie Holliday, era súper tranquilo y sabía que era porque quería música pero no quería molestarme.
Sonreí mi sonrisa secreta otra vez, pero no curvó mis labios, se curvaron en ese lugar tranquilo y saciado dentro de mí.
Llegué al área de la sala-cocina y vi las luces bajas del mostrador en la cocina y una luz abovedada suavemente iluminando la sala hundida. Además había una lámpara de piso alta que no había notado en la esquina de la ventana sobre el nivel superior que lanzaba un suave brillo en el espacio.
Edward no estaba a la vista hasta que mi escaneo del área llegó al balcón exterior y vi su figura sombreada y el brillo de una colilla de cigarro.
Me moví hacia allí y salí viéndolo girarse.
Tenía botas y un cuello de tortuga negro. Me pregunté si escondía a Metallica o si Metallica había sido una totalmente casual muestra de personalidad. Edward era un recuerdo y de alguna forma tenía a un chico caliente propietario de un club en un caro cuello de tortuga.
--Oye—Llamé mientras me movía a través del balcón hacia él--. Perdona, me dormí.
--Aquí, nena—dijo de vuelta suavemente incluso mientras iba hacia allí, pero cuando su brazo salió supe que significaba que me quería allí como dentro de sus brazos.
Pensé en ello mientras movía los pies.
Entonces lo hice y su brazo se curvó alrededor de mi cintura y tiró la parte baja de mi cuerpo hacia él.
--¿Terminaste con los negocios?—pregunté, levantando mi cabeza hacia atrás para mirar su rostro suavemente iluminado en parte por la luna, por las luces de la ciudad y parcialmente por las luces que venían de su apartamento.
--Si—respondió y entonces preguntó,
--¿Dormiste la noche anterior?
--No más que un poquito.
--Joder—Murmuró, entonces dio la mitad de la razón--, Jacob.
Él era la otra mitad de la razón, pero no compartiría esto. No dije nada.
Se movió y aplastó el cigarrillo en el cenicero que descansaba en el borde de la barandilla.
Entonces volvió a mí, curvando su otro brazo alrededor de mí de forma que me sostenía flojamente en sus brazos y preguntó:
--¿Qué le pasó?
Esta pregunta era confusa así que pregunté de vuelta.
--¿Quién?
--El tipo que terminó con tus padres.
Tomé un inesperado aliento como si me hubiera golpeado con un sorpresivo golpe de cuerpo.
O lo había oído o estaba enfocado, porque repitió,
--¿Qué le paso?
--Siguió vivo—susurré.
--¿Sin libertad condicional?
Sacudí mi cabeza. Dos personas asesinadas que no hacían nada excepto conducir al trabajo. Eran los padres de una niña de siete años y murieron por un hombre que chocó su auto porque estaba literalmente huyendo de los policías. Policías que, finalmente, lo capturaron porque era requerido por dejar a su novia embarazada en un hospital, estaba molesto debido a que estuviera embarazada. Un problema que resolvió, ya que ella perdió al bebé.
--No. No libertad condicional.
Edward se mantuvo en ello.
--¿Vivió una larga?
Sacudí mi cabeza.
--No lo sé.
-- Si murió en prisión, es como que los policías deberían habértelo dicho.
--¿Se lo dirían a mi tía?
--Si lo hicieron cuando eras menor de edad, quizás, esperando que te lo dijera. Ahora, no. Lo harían, te hubieran encontrado.
--Bien, no he oído nada.
Estuvo tranquilo por un momento antes de murmurar:
--Ni un golpe de libertad condicional, nada de informarte.
Sospechaba que era verdad, pero no tenía idea. No pensaba en él. Nunca.
Y tampoco quería saber.
--¿Por qué me preguntas sobre él?—Pregunté tranquilamente y sus brazos me dieron un ligero apretón.
--Nada, solo curiosidad, nena. Me callaré sobre eso, ¿sí?
Asentí.
Edward preguntó:
--¿Tienes hambre?
Por alguna razón, reí, entonces expliqué:
--Uh… el almuerzo fue bastante grande.
--Si, nena, pero el almuerzo fue hace casi seis horas y media antes.
Parpadeé hacia él.
--¿Es tan tarde?
--Uh… si.
Caray.
--Quizás debería ir a casa—murmuré en su garganta y obtuve otro ligero apretón.
--No, quizás deberías responder mi pregunta de si tienes hambre.
Pensándolo y sabiendo el tiempo, de repente la tenía…
--Sí, pero si me haces filete explotaré.
Oí su suave y profunda risa. También la sentí. Nunca me había ocurrido y me gustó mucho. Luego me dijo:
--Estate tranquila, cocina una vez por semana. Tienes esa suerte. Te llevaré a cenar algo.
Una cita. De hecho, ese día había sido la más larga, rara y extrañamente comprensiva cita en la historia aunque había aparecido en su casa para decirle que no quería volver a verlo. Compartimos. Nos tocamos. Tuvimos momentos de intensidad. Cocinó para mí. Dormí en su casa. Y ahora íbamos a salir a cenar por primera vez.
Mientras pensaba esto, recibí otro apretón y una orden:
--Chaqueta, Isabella.
No me moví, sino que miré su rostro en sombras.
--¿Puedo conducir tu auto?
--No—negó inmediatamente.
--Soy buena conductora.
--Tu trasero está junto a mí, yo conduzco. Si alguna vez quieres pedirlo prestado, todo tuyo.
--Edward, solo tuve una experiencia pero creo que realmente soy mejor conductora que tú.
--Esto lo dudo, cariño, dado que conduzco camionetas, autos, y autos de carrera. Mi papá era un maldito loco de las carreras, las vivía, las respiraba, me puso detrás del volante de un auto de carreras cuando tenía ocho y nunca miró hacia atrás.
Esto explicaba el comentario de – conduzco desde los doce—aunque había medio mentido, dado que yo creía que los autos de carrera contaban, así que era en realidad desde los ocho.
No le comenté esto. En cambio señalé:
--Esas personas de las carreras tienen accidentes todo el tiempo.
--¿Cuándo fue la última vez que oíste que un conductor tuviera uno en la calle?
Él, desafortunadamente, tenía un punto.
Decidí no decírselo y lo concedí con el silencio.
Aceptó y luego declaró:
--Yo conduzco. Tú vienes. No es una regla, es una ley. ¿Entiendes?
--¿Y si tienes un horrible accidente y te rompes la mano y el tobillo?—pregunté para ser más específica.
--Si esa mierda ocurre, espero por Dios que seas lo suficientemente lista para tomar el teléfono y llamar una ambulancia en lugar de arrastrarme al auto, lo que sería una agonía, lanzarme en él y llevarme al hospital.
Otro punto válido.
De nuevo lo concedí en silencio.
El cuerpo de Edward comenzó a sacudirse igual que su voz al preguntar:
--¿Hemos acabado con esta conversación malditamente estúpida?
--Supongo—murmuré, aun deseando conducir el auto.
Recibí otro ligero apretón y me miró sonriente.
--Cuando quieras, cariño, puedes llevar mi auto de paseo. Solo dilo. Lo arreglaré. Solo no iré contigo.
--¿Por qué?—pregunté.
--Porque soy un hombre—respondió.
--¿Y?
--Lo aclararé—se ofreció--. Soy un hombre que no permite que su mujer ni ninguna otra mujer conduzcan cuando mi trasero está en el auto.
--Eso linda con la locura del macho, Edward—le informé.
--Sí. —No estaba para nada ofendido--. Acostúmbrate a eso, cariño.
Entonces se me ocurrió que estaba señalando lo obvio.
Así que lo concedí, no con silencio sino al decir:
--Ahora tengo aún más hambre.
Su cuerpo tembló aún más contra el mío, me gustó y repitió:
--Entonces, chaqueta nena.
--Claro—susurré, me aleje y me moví por el departamento buscando mi chaqueta y mi bolso.
Nos encontramos donde me esperaba en los tres escalones de entrada.
Luego tomó mi mano.
Luego me llevó al auto.
Luego condujo como el ex corredor que solía ser y me llevó a cenar.


Yacía en la cama, sintiendo mis nuevas suaves sábanas, pensando que las de satén de Edward probablemente fueran más suaves, mirando el techo y pensando que Edward Masen me había reclamado, sin duda, pero aún tenía que besarme.
La cena no fue bien, fue genial. Me llevó a Wynkoop y de repente, de alguna manera, después del día, de la siesta, de que yo comprendiera, y de nuestro tranquilo parloteo, estaba a gusto. Edward siempre parecía a gusto incluso molesto o aburrido. Era solo Edward. Y me acostumbré a eso.
Me contó de su papá loco por las carreras. Me contó de su mamá viuda de las carreras. Me contó que ambos seguían vivos y estaban en Hawaii. Me contó que tenía razón, el club era popular porque cerraba un mes cada año después de llamar a diseñadores para que ofrecieran sus ideas de un maldito nuevo estilo, elegía uno y lo utilizaba. Me dijo que su negocio de ese día tenía que ver con un negocio paralelo que se vinculaba levemente con el club (aunque no lo explicó del todo). Me dijo que Jacob siempre había sido una maldita molestia pesada como ninguna, pero también, obviamente, siempre fue su hermana. Por lo que Edward se acostumbró y cubría mucho de ello para que sus padres no se enteraran de todas las estupideces de Jacob que pudieran afectarlos.
Le conté de Rosalie y Jessica. Compartí detalles específicos de mi horario. Dudosa y tímidamente le conté sobre mi meta de abrir un spa mientras me miraba de forma extrañamente intensa en lugar de con su interés habitual. Le conté que mi siguiente gran compra sería una linda mesa donde hacer mis faciales. Y compartí que Wynkoop y su cerveza están entre mis cinco favoritos tanto en restaurante como en cerveza.
Esta fue una charla tranquila con varias sonrisas, unas risas profundas (Edward), algunas risillas suaves (yo). Dado que nos sentamos del mismo lado de la mesa, más de una vez, cuando mi suéter caía revelando mi hombro, el dedo de Edward se levantaba para acariciar levemente mi piel. En esos momentos me felicitaba por mi clarividencia no notada cuando decidí que lo mejor sería usar un suéter. Lo hice después de que me dejara de tocar y antes de volver a acomodarme la ropa. Y lo acomodaba porque sabía que volvería a caerse, llamando la atención de Edward (porque nunca lo dejó pasar, ni una vez) y volvería a tocarme.
Era un juego, ambos lo sabíamos pero era debatible a quién le gustaba más.
Luego me llevó de regreso a su casa, estacionó junto a mi Corolla que estaba en el segundo lugar de estacionamiento y me informó que el control que manejaba el portón estaba en mi visor. Luego me dio mis llaves que tomó de Spinolli cuando dormía.
Luego una de sus manos se posó en mi mandíbula, su rostro se acercó y dejé de respirar porque creí que iba a besarme y de verdad realmente quería que lo hiciera.
En cambio, deslizó su nariz sobre la mía en esa forma dulce en que ya lo había hecho, manteniendo mi mirada fija en la cálida intensidad de la suya todo el tiempo. Pero luego, para mi enorme decepción que fue tan extrema que casi grito levantó la cabeza dos centímetros.
Luego susurró:
--Te llamo pronto nena, nos vemos el sábado.
Luego dejó caer la mano y se alejó.
Sin otra opción que arrojarme a él, lo que no iba a hacer, solo sonreí, me subí a mi auto, y me fui.
Se quedó de pie con los brazos cruzados, la cadera apoyada en la puerta de su auto mirándome. Lo sabía porque lo observé por el retrovisor hasta que tuve que doblar.
Ahora estaba en la cama preguntándome porque no me besó y deseando haberme arrojado a él.

Y también pensando que faltaba mucho, mucho para el sábado.